
Nunca fui de hacer dietas
Una dieta de 21 días cambió por completo mi forma de entender la alimentación y, sobre todo, de escuchar mi cuerpo. Lo que comenzó como parte de mi formación terminó abriendo un camino de descubrimiento, bienestar y una nueva relación con aquello que elijo consumir.
Cynthia Qwistgaard
9/7/20263 min read


Nunca había hecho dietas
Nunca fui de hacer dietas. Cuando estaba en mis 20s, no tenía tema con el peso; sin embargo, otros eran los motivos que me hacían ir una y otra vez a médicos. Diversos médicos, hospitales, clínicas y doctores recomendados por personas cercanas.
Tenía una digestión muy mala, lenta y con gases y, por otro lado, infecciones recurrentes en mis zonas íntimas. Aparecían sin motivo aparente; ya estaba acostumbrada y sabía cómo afrontarlas cuando llegaban. Probióticos, prebióticos, suplementos de fibra, laxantes, óvulos por tres o cuatro días y otros recursos más, era suficiente con eso. 10 años en el mismo modo de operar, asumes que así es y ya…
Dejé de buscar soluciones definitivas a mi molestia.
Aquí viene una parte de mí que quizás ya sepas o quizás no: mi camino por el bienestar no empezó por el lado físico. Desde pequeña me inclinaba a todo lo que yo veía como mágico, lo sutil y energético. Entonces, a mis 30, conocí a quien sería mi maestra de Reiki. Me ayudó a sobrellevar una pérdida muy dura en mi familia. Así lo llamaba; ahora digo que mi mejor amigo trascendió, mi papá había muerto. Cuando me sentí repuesta, me animé a formarme en Reiki con ella, y lo primero que me pidió fue que haga una dieta estricta de 21 días. No entendía para qué… aunque me lo explicó, mis oídos estaban sordos en ese momento.
Yo iba por algo energético… no sé qué tenía que ver el cuerpo haciendo dieta.
Me dijo que dejara por 21 días cualquier tipo de harinas, azúcares, arroz blanco, lácteos y derivados, fritos, cualquier cosa que venga en un empaque y cualquier tipo de alcohol.
Lo veía tan difícil. Me di cuenta de que mucho de lo que comía tenía todo aquello, pero puedo decir que soy bastante disciplinada y lo hice. A los 10 días no tenía el más mínimo problema de digestión, por supuesto. Eso es fácil de creer: comía muy sano, verduras y frutas. Pero al cabo de la dieta seguí alimentándome así por aproximadamente 2 semanas más; no había vuelto a tener infecciones. Pero ¿qué tenía que ver? …me decía a mí misma. Parecía que todo mi cuerpo se había repuesto de algo que no estaba segura qué era.


Culminé la formación de Reiki, y mi maestra me dijo que, mínimo, cada cierto tiempo tenía que hacer esa dieta o llevarla permanentemente en mi vida (como lo hacía ella) si quería estar al servicio de otros, porque necesitaba mis “canales” lo más limpios posibles. Todo me seguía sorprendiendo… pero así lo hice. Nunca había sentido mi cuerpo tan alineado, libre, ligero, etc.
Empecé a investigar; así aprendí un mundo sobre los hongos, como la cándida, la alcalinidad del cuerpo, el ritmo circadiano, la clorofila, la mezcla de alimentos, los fermentos y germinados. Parecía que todo estaba a la mano, pero no lo había visto antes. Un sinfín de conocimiento se abrió ante mí. Estaba experimentando de viva fuente un cuerpo óptimo como nunca antes; no me lo estaban contando.
El camino sigue y seguirá, no hay vuelta atrás. Nunca he vuelto al sistema hospitalario por ninguna de esas molestias. Y si aparecieron otras, las veo con otros ojos. Ahora me pregunto: “¿Qué me vienes a enseñar?”
El alimento es nuestra medicina, y creo que más importante que lo que consumimos es, definitivamente, lo que dejamos de consumir.
Y, por si te lo preguntas, dejé el Reiki, con mucho amor y respeto a esta práctica y a mi maestra Siriah. Mi senda fue por otros lares.
Eso se los cuento en otro Post.
Con amor
Cyn


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