Confesión de meditación

Después de más de diez años meditando, enfocarme aún puede ser difícil. Esta es una confesión sobre el ruido interior, la exigencia, la paciencia y el aprendizaje de mirarnos con ternura. Porque meditar no siempre es encontrar silencio; a veces es aprender a escucharnos.

Cynthia Qwistgaard

9/22/20263 min read

Confesión de meditación

Llevo más de 10 años meditando y aún me cuesta enfocarme. Todos los días, a la misma hora, veo lo humana que soy. En el silencio es cuando el ruido suena más fuerte, lo miras de frente. Diferentes técnicas, diferentes maestros, pero ninguna es un atajo. Cuando te sientas absolutamente quieta y en silencio, solo puede pasar una cosa: empieza el altavoz de mi interior. Sube el volumen una y otra vez, pero yo le respondo con ternura, me digo sin palabras: “Shh… Aquí no hay nada por resolver, puedes parar… Aquí no es momento de organizar, no es momento de pronosticar”. Y con las manos en mi pecho, vuelvo a mis latidos. No soy ese patrón, soy quien se da cuenta de él y me trato con única ternura, compasión y apertura.

Fueron demasiados años de entrenamiento, de pensar 5 cosas al mismo tiempo para que no se me pase nada, de tener el mínimo detalle calculado; la productividad y la eficiencia eran mi modo de existir. No había otra opción desde el mundo en que vivía. La mayor parte de mi vida estuve trabajando en jornadas largas, la mayoría de ellas de madrugada, para poder ir a una universidad de día, sacar notas sobresalientes para enseñarle a mi hija el valor del esfuerzo, porque, como si fuera poco, también estaba criándola e intentando volver a salvo a casa, viviendo en una ciudad algo peligrosa. ¿Cómo no tenerme paciencia?

Me dediqué a entrenar a mi cerebro, a operar en alerta todo el tiempo; la exigencia era el modo adecuado. No escribo todo esto para hablar de mí, lo hago para que ojalá te puedas reflejar en mí. Y te trates con el amor que mereces. Cuando te cueste quedarte quieta o quieto y escuches tu mente rumiar, no pasa nada malo contigo, es solo lo aprendido, el entorno; el tiempo pondrá esa cabecita en calma poco a poco. Pero requiere todo tu empeño y reenfocar tu disciplina.

No cambiaría nada de nada de lo que te he contado, me siento completamente orgullosa. Ahora son otros tiempos para mí, pero esa versión también soy yo, esa chica soy yo tratando de hacer lo mejor, igual que tú cuando te has sobreesforzado sin medir las consecuencias que factura tu sistema nervioso alterado.

La meditación me hace ver toda mi historia, de qué estoy hecha, así que es un camino de amor indescriptible. Hay que aprender a amarse, desde ahí parte todo lo hermoso de la vida.

Nada me haría cambiar esos minutos que me tomo para meditar a diario. Me revelan todo lo que necesito saber de mí; cuando logro enfocarme es una bendición… pero cuando no, entreno mi paciencia.

Mucho se habla de todos los beneficios que te da meditar, como si fuera tan sencillo: “Siéntate quieto, concéntrate en tu respiración y siente cosas amorosas”… No, es de lo más retador que harás, pero te prometo que también es la llave a un giro interno que te deja vivir en una paz que todos merecemos, y con esa llave abrirás de a pocos la puerta a tu propia luz y, como me dijo mi amado maestro Pepe: “Cuando ya viste por dónde brilla el sol, no irás por otro camino”. La ilustre senda hacia ti.

Espero que te reflejes en mí, como yo lo hago en ti.

Ternura para nuestros caminos.

Con amor,

Cyn

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